No hubo prisa. No hubo destino. Solo sus manos, un aceite que olía a algo que no tenía nombre, y una lentitud tan deliberada que terminó siendo la experiencia más intensa que había tenido en mi vida.
Una mirada en un salón silencioso. Él. Ella. La distancia que se convierte en el espacio más cargado de la noche. El inicio de una historia que no podía terminar de otra manera.