Una mirada puede activar sensaciones más allá del cuerpo. Lo que pasó después…
El café parecía contener un tiempo propio. La luz ámbar caía sobre las mesas como un susurro cálido; el vapor de las tazas se elevaba lento, dibujando trazos que nadie notaba. Afuera, la ciudad avanzaba indiferente. Nadie sospechaba que, dentro, algo se estaba reconfigurando.
Había aprendido a moverme en el lenguaje del cuerpo con soltura. Sabía cómo provocar una respiración más pesada, cómo arquear la espalda en el momento exacto hasta que la piel del abdomen se tensaba, cómo dejar que mis caderas hablaran cuando mis palabras callaban. El problema no era el placer.
Era lo que venía después.
Había aprendido a moverme en el lenguaje del cuerpo con soltura. Sabía cómo provocar una respiración más pesada, cómo arquear la espalda en el momento exacto hasta que la piel del abdomen se tensaba, cómo dejar que mis caderas hablaran cuando mis palabras callaban. El problema no era el placer.
Era lo que venía después.
El día que Sofía descubrió su cuerpo sin que nadie se lo explicara. El recuerdo de su primer orgasmo — y las ocho mil terminaciones nerviosas que respondieron solas.
Hay confesiones que no nacen del arrepentimiento… nacen del deseo que se sostuvo demasiado tiempo en silencio.