Sus dedos empezaron en el brazo y no pararon. Lento. Deliberado. Sin urgencia. El tercer encuentro de una historia que ya no podía contenerse — cuando el tacto se convierte en el idioma más preciso.
No la tocó. No todavía. Solo su respiración rozando la nuca — y eso fue suficiente para que todo cambiara. El segundo encuentro de una historia que apenas comenzaba a arder.
Una mirada en un salón silencioso. Él. Ella. La distancia que se convierte en el espacio más cargado de la noche. El inicio de una historia que no podía terminar de otra manera.