El Baúl y la Memoria del Cuerpo

El deseo no envejece. Solo se transforma.
A los sesenta y tantos, su piel aún respondía.

Aquella tarde, después de regresar de la playa, no pudo dejar de pensar en la joven intensa que había observado bajo el sol.

Abrió el viejo baúl guardado en el fondo del clóset. Entre cartas y fotografías encontró pequeños frascos de aceites olvidados.

El aroma la transportó a la universidad.
Fiestas donde la música vibraba como los latidos. Cuerpos entrelazados en habitaciones oscuras. La sensación de libertad absoluta.

Vertió unas gotas de aceite sobre su piel. Las manos recorrieron con lentitud experta sus brazos, su cuello, sus pechos que aún conservaban sensibilidad plena.

Descendió despacio, sintiendo cómo la memoria corporal despertaba.

No había urgencia.
Había profundidad.

Mientras evocaba aquella noche universitaria donde el placer no tenía límites, sintió cómo la excitación madura crecía firme, densa, envolvente.

El tiempo no había borrado nada.
Solo lo había refinado.

Al terminar, comprendió que el deseo es una espiral.

Y en otro punto de la ciudad, un hombre comenzaba a sentir una mirada que lo desarmaba por completo.