Bajo Perfil, Alta Temperatura

Hay mujeres que parecen discretas… hasta que el deseo les recorre la espalda.
En la oficina, nadie sospechaba nada.

Vestía sobria, hablaba poco, caminaba sin hacer ruido. Era eficiente, correcta, casi invisible.

Hasta que empezó a notar a su compañera.
No fue inmediato.
Fue progresivo.

Un roce de manos al intercambiar papeles.
Una risa demasiado cerca del oído.
El perfume que permanecía flotando segundos después de que ella se alejaba.

Comenzó a anticipar esos encuentros mínimos.

El cuerpo se le tensaba levemente cuando la otra mujer se inclinaba sobre su escritorio. Sentía un cosquilleo descendente, desde la nuca hasta el vientre. Se obligaba a mantener la compostura, pero su respiración ya no era la misma.

En casa, al quitarse la ropa frente al espejo, la imagen de su compañera regresaba con fuerza inesperada.
Se acostaba de lado, recordando la curva de sus labios, el movimiento de sus caderas al caminar.

Una noche, sin planearlo, deslizó la mano por debajo de la sábana mientras recreaba mentalmente una escena imposible: ambas solas en la sala de reuniones, la tensión rompiéndose en silencio.

El calor se intensificó.

No necesitaba imaginar detalles explícitos.
Bastaba la cercanía.
La idea del roce.
La posibilidad.

Su cuerpo reaccionaba con obediencia exquisita.

Cuando finalmente permitió que la fantasía avanzara un poco más —que las miradas se sostuvieran y las manos encontraran piel— sintió una contracción profunda en el bajo vientre que la obligó a cerrar los ojos con fuerza.

No era culpa. Era revelación.

Al día siguiente, en la oficina, sostuvo la mirada un segundo más.

Y al fondo del pasillo, una mujer joven —que alguna vez descubrió el primer secreto de su piel— reconoció esa tensión en el aire.

Porque el deseo femenino no desaparece.
Solo cambia de escenario.